El capuchino: pequeño ritual que despierta mundos
Hay bebidas que se beben… y otras que se contemplan. El capuchino pertenece a esta última categoría: esa pequeña ceremonia de espuma y café que, sin avisar, se vuelve refugio, pausa y compañía.
En su corona de espuma vive un susurro blanco, como si una nube hubiera decidido posarse sobre el borde de la taza para recordarnos que la vida también tiene momentos suaves. Debajo, el café —oscuro, terroso, profundo— guarda la memoria de la madrugada y el temblor de la tierra que lo vio nacer. Se mezclan sin prisa, como dos viejos amantes que entienden que la armonía no necesita ruido.
Tomar un capuchino es invocar la calma. Es sentir cómo la primera cucharada de crema abre caminos y la última gota despierta ideas. Es un abrazo tibio que se sostiene en la mano, una conversación silenciosa, una tregua con el mundo exterior.
Quizá por eso, cada taza es distinta: algunas saben a inspiración, otras a despedida; unas acompañan la escritura, otras el silencio. Pero todas guardan un ritual sagrado: el de encender el día con la certeza de que, mientras haya café y esperanza, nada está perdido.
El capuchino no solo se bebe.
Se vive.
Se respira.
Se recuerda.